lunes, agosto 29, 2011

Desde la añoranza



Ya ni recuerdo la última vez que mire tu rostro como queriendo descubrir tu verdad.

No recuerdo la última vez que un abrazo tuyo me devolvió el aliento o la última vez que fui feliz solo con verte aparecer a lo lejos…

A veces, parece que ya olvide tus olores y que no sé muy bien de qué color eran tus ojos o las morisquetas que hacías cuando me reía de ti. Siempre nos caímos bien, y supiste, como pocas personas, sobrepasar todas mis barreras. A la larga te convertiste en este dolor inmenso.

Hoy miro atrás y no sé dónde buscarte, no sé dónde fue que quedo guardado todo el cariño todo el tiempo compartido, las risas, los llantos, los dolores, las renuncias, las frustraciones.

Y a ratos parece que le hablara a mi sombra y mientras escribo, no sé muy bien quien es la que escribe, parece que fuera otra persona contando mi historia o soy yo contando la historia de otra.

Y trato de buscar escusas para no concentrarme en ti, en tu ausencia, en el dolor que causas cada vez que pienso en lo lejos que estas, en lo cerca que estuviste y en todo el tiempo que perdí.

La vida se encarga siempre de darte lecciones y aprendí a golpes de puñal que “el dolor se dice callando” como dice Galeano, pero a veces eso no basta… cuando el dolor es tan fuerte ni si quiera el llanto basta y el dolor se dice con gritos desgarradores.

Partiste, si. Partiste tan lejos de mí que ya no puedo alcanzarte, partiste tan alto que jamás volveré a mirar tus ojos, eres tan lejana que no podre escuchar tu riza nuevamente (con lo mucho que me gustaba verte sonreír después de una buena carcajada)

Y dime… como hago ahora para calmar la angustia si tu hombro no podrá consolarme.

Como tranquilizo a mi alma con el dolor de tu ausencia, como le explico a mi vida que debe seguir viviendo aunque el dolor no la deje respirar.

Como lo hago para hacer como si nada y continuar riendo sin sentir culpa. Como me olvido de que ya no reirás conmigo (o de mi).

Como vuelvo a decir te amo si siento que tengo todo podrido por dentro, que sentido tiene si ya conozco el fin. Si todo acaba y mata lentamente…

Quizá ya no sea bueno vivir… así.

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